A mis abuelos: Nery, Pepe y Donatila

Nery

Abuela Nery fue la mamá de papi y vivía con abuelo Manolo en Luyanó, un antiguo barrio de obreros antes de que triunfara la Revolución. Abuela Nery era de Pinar del Río, del campo. Era guapísima y elegante, pero estricta, recta, disciplinada, organizada: “Un lugar para cada cosa y cada cosa en su lugar” nos decía siempre. Abuela Nery tenía e imponía horarios para cada comida y para el baño. Yo era la que más tiempo pasaba con ella y no recuerdo que me molestara mucho su autoridad. Por otro lado, abuela Nery era extremadamente fuerte y se pasaba todo el día haciendo cosas en casa. Se levantaba bien pronto para regar las plantas de su patio y luego lavaba a mano prácticamente toda la ropa, cocinaba, cosía nuestros trapos… sin parar. Yo me levantaba y disfrutaba mucho verla cuidar las plantas. Esa escena siempre me daba paz y mucha información. Gracias a abuela conocí la belleza de las orquídeas, de la flor de pascua, la utilidad del orégano, de la manzanilla. Gracias a abuela Nery aprendí trucos en la cocina, a pelar los ajos más rápido y a cocinar el pollo de una manera que creía que solo ella tenía los poderes para hacerlo. Pero, sobre todas las cosas, gracias a abuela aprendí a ser sincera y directa, porque Nery nunca se limitaba a decirte la verdad aunque fuera con una sonrisa. Abuela Nery siempre fue una mujer dura, pero sentimental. Abuela amaba a papi y a tío con locura y hacía lo posible por captar su atención. 

La firmeza de abuela diezmó cuando sufrió una isquemia que le afectó el lado izquierdo de su cuerpo. Todo su mundo se fue abajo por un tiempo, pero luego consiguió ir recuperándose un poco y puso todo su empeño para poder seguir haciendo las cosas que tanto amaba. Aunque caminaba con dificultad por la torpeza del pie afectado, aunque se quemaba constantemente por la limitación de su mano izquierda, abuela nunca se rindió. 

La firmeza y el corazón de abuela dejaron de funcionar diez meses después de que papi se fuera del país. Un 29 de julio de 2015 la tristeza y añoranza la superaron, por lo cual fue imposible prevenir un infarto. Cayó en los brazos de mi abuelo Manolo mientras le bañaba. Hacía una semana había estado en su casita, con ella, recibiendo el típico beso y abrazo que te daba al pasar el umbral de su puerta, con la piel bien fría y húmeda de sudor por tanto trabajo. Había estado en su sofá confesándole mi visión de la vida, las relaciones y las personas. Ella me miraba extrañada como si le dijera algo raro que no solía ver o escuchar en las personas de mi edad. Ella sabía que yo era diferente al resto y lo aceptaba. Yo tenía 20 años y era mi primera experiencia con la muerte. 

La muerte de abuela fue dura. Mi conexión con ella era diferente. Yo era ella, quería ser ella y, a la vez, quería cuidarla, mimarla, darle todo lo que sus hijos no le daban en ese momento. Pero yo no tenía el dinero para ofrecerle todas las cosas materiales que necesitaba. Yo no tenía dinero para comprarle los zapatos cómodos que siempre pedía para caminar mejor con sus torpes pies. Yo solo podía rasurar sus piernas en el salón y pedirle cremas a mamá para sus manos llenas de grietas y callos. Yo solo podía ofrecerle mi amor y compañía. 

Desde que comencé a trabajar solo pienso en esos zapatos que nunca pude comprarle. Ahora solo pienso en todo lo que podría haberle comprado para hacer su vida más fácil en un país al cual no le queda casi nada. Creo que abuela murió de nostalgia, abuela murió de amor. Abuela nunca fue la misma desde que papi se fue y creo que tampoco hubiera soportado que yo me fuera. De todas formas, conmigo ha quedado el recuerdo y la imagen de esos zapatos que nunca conseguí darle, ha quedado esa última conversación y la sensación al recibir ese abrazo y beso frío. Conmigo quedaron sus ojos, la frase: Ay, Camili; el amor por las plantas y un colgante Géminis. 

Pepe

Abuelo Pepe fue el padre de mi mamá. Murió dos meses después de abuela Nery, por VIH que se detectó en la autopsia. Durante todo el tiempo que estuvo moribundo, siempre pensamos que se trataba de un cáncer de estómago. Confieso que abuelo Pepe nunca fue mi abuelo preferido. Pepe fue un hombre sumamente tacaño y machista. Trató mal a abuela Daisy cuando estuvieron casados, por lo cual la niñez de mi madre no fue muy bonita que digamos. 

Abuelo Pepe vivía en una casa de los barrios más pobres de Luyanó, donde la mugre de suciedad tenía diferentes capas. Nunca limpiaba. De hecho, le pagaba a mi prima Yayi para que le limpiara. Sin embargo, la suciedad acumulada por tantos años es difícil de remover. Por mucho que Yayi se esforzara, no había manera de dejar aquella casa realmente limpia. 

Abuelo Pepe tenía una habitación al lado de un patio lleno de animales de corral que mataba para comer. En dicha habitación y en la suya además, recibía visitas de los personajes sociales más grotescos del barrio: alcohólicos, mujeres demacradas por el calor, la necesidad y los años; personas sin dientes, sin techo, sin propósito, sin trabajo, personas ahogadas por la vida. Abuelo Pepe cobraba por el uso de esas habitaciones y, en más de una ocasión, siendo niños Franco y yo, descubrimos el tipo de intercambios que se desarrollaban en ellas. 

Pepe tenía una forma muy agresiva de besarte las mejillas. Pocas veces se afeitaba la barba. Te rajaba los cachetes. Te dejaba las manos llenas de grasa porque le encantaba usarla para peinarse. No le preocupaba vestirse, no le preocupaba parecer limpio, pero estaba obsesionado con los perfumes. 

Abuelo nos adoraba a mi y a Franco, pero su persona favorita era mami, y mami se encargó de todo cuando pasó por los peores meses de su vida antes de morir. Pepe estuvo mucho tiempo en cama. Después de morir Nery lo tuvimos en nuestra casa para cuidarle. Apenas podía comer, levantarse o hablar. Cada vez que necesitaba ir al baño teníamos que ponernos guantes para sujetarle el pene y colocarle una botella plástica vacía, a modo de vater. 

Así es como más lo recuerdo: moribundo. Mami no lo estaba llevando nada bien. Mami lo sufrió seriamente y nos culpó por no sentir su muerte de la misma manera que sentimos la de Abuela Nery. No podíamos hablarle durante el funeral. Ella quería hacerlo todo, encargarse de todo y discutimos muchísimo cuando le recordé que habían personas con ella para ayudarla. Para Mami eso fue un insulto, decía que era su responsabilidad ya que a nadie más realmente le preocupaba mi abuelo. 

Pepe hizo mucho daño en su momento, pero amó a mami como a nadie. Mimi, mimi, mimi… 

Abuela Daisy de La Caridad Donatila. 

 Abuela Daisy fue la madre de mami y murió el 7 de junio de 2019. Doce días después de haber llegado yo a Madrid. Me enteré estando de fiesta en una discoteca, intentando canalizar y manejar el chute de energía y ganas que traía de Cuba. Pero, como decimos en Cuba… cuando el mal es de cagar, no valen las guayabas verdes. A veces creo que todo aquel que se va de Cuba, parte con una maldición. Papi sufrió lo mismo con Abuela Nery. 

Donatila fue el polo opuesto a mi abuela Nery y ambas fueron afectadas por el mismo problema. A mis 10 u 11 años aproximadamente Franco y yo nos levantábamos para ir a la escuela cuando abuela Daisy intentó decirnos algo y no lo conseguía. Las palabras no salían de su boca. No se podía mover de la cama. Había sufrido, durante la noche, una isquemia cerebral. A partir de entonces, pasó la mayor parte de su vejez intentando luchar contra ella misma y viviendo en un estado de victimización constante. 

Antes del suceso, Donatila se caracterizaba por ser el tipo de abuela recta que te castigaba por las típicas chorradas que haces cuando eres un niño. Físicamente era guapísima, tenía un pelo super lacio y unos ojos grises que solo he visto en ella. Era poco cariñosa, pero fue la persona que más ayudó a mami después del divorcio. Mami trabajaba muchísimo y yo aún no era lo suficientemente mayor como para cocinar, por lo cual la necesitábamos a menudo. Franco solía pasar más tiempo con ella porque abuela Daisy “era más de varones”, o al menos eso decía mami. Supongo que era su forma de proyectar celos, porque lo cierto es que abuela siempre estuvo pegada a mi tío Jorge Luis, viviendo con él y aguantando su alcoholismo. 

Después de la isquemia, evidentemente, todo cambió. Abuela Daisy perdió su enorme caparazón y se convirtió en una salamandra huesuda, encorvada y sin ganas de vivir. Con el paso de los años su espalda se iba encorvando, la piel se estrujaba y colgaba de sus huesos como sábanas sin planchar. Lo que veías era una persona convirtiéndose lentamente en un zombie con dificultad para hablar y usar toda aquella habilidad motora de su lado izquierdo. Pero no paraba de fumar, era una chimenea con patas. Su rectitud y dureza fueron sustituidas por un constante comportamiento infantil con ataques de celos incluidos para con mami. Fue como si hubiera vuelto a nacer. Había que reñirle en muchas ocasiones ya que no ponía de su parte para intentar mejorar su condición física.  Dice mami que es porque abuela Daisy siempre fue “poca cosa”. 

Fueron muchos años de involución, desesperación y tristeza. A los ataques de celos se sumaron unas crisis de depresión muy serias. Abuela Daisy iba perdiendo la cabeza. Solo pensaba en morirse. Recuerdo muchas veces que miraba al cielo y gritaba sola: Dios mío! Ayuda! Mátame!… Yo me quiero morir. Lloraba por todo, intentaba escaparse de casa e intentó suicidarse en varias ocasiones con los cuchillos de la cocina. La pillamos muchas veces. Tuvimos que tirar de su brazo en ocasiones para que soltara el cuchillo, pero la pobre era como un pétalo. Un ligero tirón bastaba para que la piel se quebrara y comenzara a sangrar. 

La semana antes de irme a Madrid, abuela empeoró en un abrir y cerrar de ojos. Perdía muchísimo el equilibrio y se caía constantemente. Estuvo varios días con los antebrazos y las manos teñidos de mercurio cromo porque ya daba igual, el daño se hacía tanto para salvarla de una caída, como en la propia caída. Nunca le dijimos a abuela que yo me iba, pero sé que ella lo sabía. Me miraba a través de los gruesos cristales de sus enormes gafas, con esos hipnotizantes ojos grises, como diciéndome adiós. Me miraba y lloraba. 

El pasaje que más me visita es el de mi último día en La Habana. Recuerdo trasladar las maletas a las escaleras y verla caer de la cama. Entre Franco, mami y yo intentamos levantarla. Me quedé con esa imagen de despedida y así mismo tuve que dejar Cuba, dejando detrás a mami con el marrón de perder a abuela en los próximos doce días. Después de recibir la noticia en Madrid, no recuerdo ni siquiera cómo ni cuándo procesé todo. Creo que nunca lo hice. 

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