Navidad

Creo entender ya el tipo de sensaciones tan paradójicas que suele provocar la Navidad y el inicio del invierno. Hay una especie de dicotomía en las emociones y sucesos que traen consigo. Puede que a veces dependa de cómo la hayas vivido desde niño, o como lleves pasándola en los últimos años. Para mi es muy fácil odiarla trabajando de cara al público. En España se toma sumamente en serio. Es el momento en el que todos los que pueden, retornan a sus pueblos, a su niñez, a su pasado. Y puedes ver el estrés y la ansiedad en la cara de la gente, compensada con regalos y derroche de comida, especialmente azúcar para la serotonina.  

Poca gente de mi alrededor disfruta la Navidad. Casi todos trabajamos como dependientes y para ello requerimos de muchísima energía en esta época del año. El frío, la intensidad de la gente y el exceso de compromisos nos consumen: fiestas de empresas, encuentros con amigos, reuniones familiares; entre otras cosas de las que quizás ni nos apetezca ser partícipes, pero la presión social vence a nuestra voluntad. Como hormigas vamos rellenando cada rincón de la calle. Navegamos en piloto automático pensando en todas las responsabilidades que tenemos para con todos aquellos que estaremos a punto de ver, cegados encima por el ruido y el exceso de luces.

En Navidad todo es más atropellado. Si normalmente estamos sobreestimulados, la Navidad anestesia con más y más estímulos temáticos. Sin embargo, es también un momento curioso por lo que he podido apreciar. El frío y la sobreestimulación te invitan al recogimiento y la introspección una vez consigues una pausa. El efecto de cierre que tiene te vuelve más reflexivo que nunca y te hace repasar todo lo que has vivido en el transcurso de 365 días: lo que has aprendido, los ups and downs, los cambios, las decisiones que has tomado, la gente que has conocido, las veces que te has perdido y te has encontrado en el camino. Si quieres ir más allá, consigues incluso comparar tus yo de años anteriores: lo lejos que has llegado, las cosas que has superado, la manera en que has gestionado las cosas. Te detienes también a pensar en dónde estuviste y celebraste esta misma temporada en el pasado. La nostalgia es inevitable. Una nostalgia mezclada con malestar y depresión estacional, pero acompañada de un poder reflexivo que te hace sentir más resiliente que nunca. No sé si es justo ahí donde reside la “magia” de la que tantos hablan en Navidad. 

Justamente es un momento en el pasan cosas bastante random, como que roben en tu negocio, ocupen tu casa, recibas visitas inesperadas, tener conversaciones profundas con extraños, contactes con personas de las que no sabías hace siglos y digas más te quieros (algunos califican estos sucesos como Christmas Miracles). He tenido la oportunidad de vivir algunas de estas experiencias en el último mes. Mi “milagro de Navidad” ha sido conseguir un estado de awareness conmigo misma y con las cosas que me han llevado a donde estoy. A esa conclusión he llegado hoy, por el simple hecho de que decidí llenarme de valor para muchas cosas. Pero solo conseguí darme cuenta de ello cuando Vigo Mortensen visita hoy mi tienda por tercera vez y, controlando un posible ataque de ansiedad, consigo decirle asustada: Thank you so much for the childhood you gave me. I remember you a lot; y mirándome con una sonrisa, me pregunta de dónde soy para abrir un breve diálogo y termina respondiendo a la interacción en español: Muchas gracias, que tengas un feliz año. Acompañada de este pequeño instante como recuerdo, y la presencia de dos amigas a las que quiero con locura, me dirigí a terminar la Navidad con la cabalgata de los reyes magos. 

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