Blooming

El año, para mí, no termina con la llegada del invierno. El año, para mí, termina con el inicio de la primavera. Puede que sea por el simple hecho de haber nacido un 18 de marzo, y el efecto de fresh start que produce el soplar las velas. Sea lo que sea, mis ciclos se van cerrando en primavera. Y es ahora cuando puedo hablar de estaciones, porque en Cuba solo existe el verano.

Aterricé en Madrid en mayo de 2019. Un año después, el covid me obligó a pasar la primavera en casa, enamorada de un Policía Nacional. Luego, en abril del 2021, la vi pasar en Barcelona intentando sanar los traumas del policía y recuperar, de paso, todo el dinero perdido durante el confinamiento. La del 2022 fue intensa: piso nuevo, trabajo nuevo, compañera de piso nueva y el reencuentro con papi después de tres años sin verle. Ahora, en 2023, veo cómo nuevamente mis ciclos vuelven a cerrarse en primavera, pero esta vez, desde el interior. 

Hace cuatro años los capítulos se cerraban gracias a cambios condicionados por mi entorno, a partir de decisiones que iba tomando, según se me presentaba cada situación: un billete de avión,  una pandemia mundial, una llamada, una entrevista. Debo confesar que estuve un tiempo obsesionada con la idea de esperar la primavera, confiada de que algo nuevo pasaría a mi alrededor y lo transformaría todo, para bien, una vez más. Y precisamente hoy me doy cuenta de que el cambio más importante ya se ha dado, pero se ha dado en mí. 

Durante veintiocho años he intentado aprender a vivir y convivir con los demás y, por ende, con mi entorno. He perdido tiempo buscando la forma de responder a intereses ajenos, confundiéndolos con míos. He intentado hacer todo lo que se supone que debes como persona o ente social, marcando check boxes: comer, trabajar, socializar, salir de fiesta — porque se supone que eres joven para ello — , hacer ejercicios, dormir, mantenerte ocupada para no detenerte a escuchar tus pensamientos, tolerar a personas que no son buenas para mí. Iba a favor de la corriente. Iba con la corriente, con las masas, con el ganado, respondiendo a lo que se supone que es normal. Y era todo lo contrario. Descubrí hace nada que la mejor parte de la vida está en los momentos que pasas contigo misma, en silencio, cómo y cuándo te apetezca, sin compromisos sociales o miedos. 

No me había dado cuenta hasta hoy de que, ahora, mis check boxes son distintas: sentarte sola a comer fuera, ser consciente de lo que te rodea, de lo que está en movimiento y lo que se mantiene estático; saltar al agua fría, perder el miedo a la soledad y el abandono, a lo desconocido; irte de fiesta sola, bailar contigo, hacerte los selfies que te apetezcan; ver la belleza en los demás, aplaudir en silencio, decir te quiero más a menudo, dar las gracias diariamente, aprender a estar sin preocuparte lo que puedan pensar de ti; respirar, escuchar, callar, contemplar. Eso, el simple hecho de contemplar, con porros o sin porros, con M o sin M, con LSD o sin LSD; solo ser consciente del presente y convertirlo en una mera experiencia estética. 

Me ha tomado veintiocho años llegar a esta primavera. Me ha tomado veintiocho años dejar de esperar señales, circunstancias o ligeras modificaciones contextuales para comenzar a vivir conmigo misma, de una manera más sana. Con esto no quiero decir que, a partir de ahora, todo será maravilloso, porque la vida ya sabemos de sobra que no es un filme de Disney. Pero es el primer paso y todo viaje importante comienza así, ya sea en primavera, verano, otoño o invierno. 

2 Responses

    1. Esperemos que así sea. Al final el crecimiento personal siempre es para bien ❤️. Gracias por tomarte siempre el tiempo para dejar tus impresiones.

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