Fluir, no forzar. 

Hace prácticamente una semana comenzaron mis vacaciones. Llevaba casi un año sin tomar tiempo prolongado para sólo descansar. Confieso que los días previos a dichas vacaciones, tuve miedo. Se trataba de un miedo al tiempo libre y a lo que mi cabeza pudiera hacer con tanto del mismo. Sí, es contradictorio. Desde enero contaba los días desesperada y hasta tuve una leve crisis pre-vacacional en el trabajo. Sin embargo, cada pensamiento intrusivo lo compensaba con la idea de que todo iba a estar bien, porque se trataba de Sarita, Mallorca y el mar. 

Creo que el malestar también provenía de una inquietud que se reiteraba mucho en mi cerebro los últimos días. No encontraba un tema interesante para escribir. Le daba vueltas y vueltas a la cabeza. Forzaba la contemplación con tal de parir alguna idea. Se me ocurrían un par de cosas superficiales para mi gusto, pero era incapaz de profundizar en ellas. Eran planteamientos y análisis muy fugaces, como si caminaras con John Cheever por las escenas de sus diarios: un paisaje, punto y seguido; una sensación, punto y seguido; una persona; punto y seguido. Triste, dudosa, insegura pero… no sé cómo,  iba relajada. Me dije que, de la misma forma que llegó a mí toda una oleada de oraciones sentimentales que, hasta hace unos meses, aprendí a redactar correctamente; también llegaría mi trending topic de esta semana. Repetí una y otra vez una de mis frases clichés preferidas: fluir, no forzar

Nada más llegar a Mallorca tuve, como de costumbre, una conversación profunda con Sarita. Lo que marcó el desarrollo de la misma fue una confesión de mi parte. Le dije que ya no concebía mi vida sin la creatividad, que necesitaba buscar la manera de vivir de eso. Sarita sonrió, asintió con la cabeza como si fuera algo que supiera siempre. Sonrió como una hermana mayor que ha pasado por lo mismo. Sonrió con compasión y, seguidamente me dedicó un libro: El camino del artista. Compaginando la lectura con tiempo de relajación, ocio, estudio y conversaciones filosóficas con Sarita y Ceci, seguí dándole vueltas a los posibles asuntos de mi próximo texto. Pero nada surgía. 

Esta mañana Sarita tenía pendiente impartir una clase de dibujo y pintura, en la terraza de su casa, a un chico mallorquín. Comenzaron con la reproducción de un cuadro de Van Gogh. Yo estaba rayada. No entendía cómo era posible que, con las vistas tan románticas que tenía delante mío y un ambiente de pura creatividad, nada me inspiraba lo suficiente como para vomitar cualquier frase. Por suerte, duró poco el estatismo. Sarita me dijo: Pinta Cami, inténtalo. Yo contesté: Es que no sé. Sin importarle mi respuesta cedió su libreta, sus rotuladores de acuarela y comentó: Todos sabemos

Al principio me quedé en blanco. Delante de mí había una maceta rosa con plantas púrpuras y se me ocurrió reproducirla. Sarita me orientó con la escala y comencé. No tenía idea de lo que estaba haciendo y los trazos eran más nerviosos que los de Egon Schiele por el pulso de basura que tengo. Primero la maceta, luego los tallos, luego las hojas, unas peores que otras. Luego tocó la selección de colores, 10 en total. En mi ejecución podía sentir el miedo a equivocarme, a confundir los colores y destrozar el resultado final, a no trazar bien los bordes, a no rellenar correctamente una zona u otra, a no definir bien el degradado de las sombras. No entendía en lo absoluto este nivel de exigencia. Bueno, sí lo entendía. Era imposible que fuera más evidente mi obsesión con el control y la perfección, mi sobreexigencia. 

La imagen que fui creando no tenía nada que ver con la maceta original, pero aún así me comenzó a gustar. En mi lucha interna contra el perfeccionamiento de las formas, conseguí encontrar el placer en la sensación de dominio que iba adquiriendo a medida que el ejercicio avanzaba. Los trazos iban mejorando, el juego de colores iba teniendo sentido. Trazaba y coloreaba con más seguridad y certeza. Cuando llegó el momento de seleccionar el color de fondo, me detuve. La planta era muy enrevesada y abarcaba todo el folio. No quería, bajo ningún concepto, echar a perder lo que había conseguido hasta ese momento con una superposición rara de colores. Sarita me vió preocupada y dijo: Aunque le pases por encima, no pasa nada. Y me dejé llevar, sin pensar tanto, sin preocuparme por el resultado. Le pasé por encima a todo y todo permaneció intacto. El fondo azul claro resaltaba los verdes, los rosas y los ocres. Me sentí artista, con confianza. Repasé los bordes a lápiz, retoqué las sombras a mi gusto, hice y deshice cuanto quise y me sentí sumamente liberada de mis propias ataduras. Fue, entonces, cuando supe qué escribir. 

7 Responses

  1. Eres toda una inspiración de superación, lucha y amor. La creatividad no se elige, todos la llevamos dentro y tú, amiga de mi alma, estás llena de ideas, de pensamientos que el mundo agradece que compartas. Gracias por tan bonito texto. Feliz de ser parte de tus historias. Te quiero con locura. Tu hermana

  2. Eres inspiración de lucha, superación y amor. Es tan hermoso verte crecer… Todos llevamos la creatividad con nosotros, y tu, amiga de mi alma, eres pura creación. Sólo hay que encontrar el medio, creer y confiar. Algo que parece tan fácil y que por desgracia se nos da tan mal… pero todo es cuestión de práctica. Poc a poc… Gracias por hacerme parte de tus historias, es todo un alago. Te quiero con locura. Tu hermana

    1. Gracias a ti, por ser como eres, por hacerme parte de tu vida y por toda la experiencia compartida. Te adoro! ❤️❤️❤️

  3. Estás llena de inspiración, me encanta como escribes y muy orgullosa de ti, una niña alegre y con mucho candor. Besitos mil

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