Síndrome de la pieza faltante

El piso, el dinero, el chico o la chica, el outfit, el coche, el perro o el gato, el trabajo perfecto, el cuerpo perfecto, el conocimiento suficiente, los principios, el estatus, la estabilidad, el equilibrio, la libertad. Todos en búsqueda de lo que no tenemos ahora. En un estado constante de incertidumbre, viviendo bajo el síndrome de la pieza faltante. Siempre ansiosos por un futuro esperanzador que nos traerá “tiempos mejores” con los cuales arropar nuestras carencias. Siempre en búsqueda de la perfección y la plenitud, cuando la vida y nuestro cerebro son un electrocardiograma. 

Hace un par de años, en Cuba, conocí a un chico rumano que iba de paso. Nos dimos un par de besos y bailamos un par de canciones, pero no consigo recordar si tuvimos o no alguna conversación seria. Sentí que jugó un poco con mis sentimientos, como cualquier otro turista joven que va en busca de la energía sexual vendida hace años por el Caribe. Cuando se fue, me contó por Messenger que tenía pareja y yo, con apenas 20 años, me derrumbé. Sin embargo, su respuesta  a mi colapso fue una simple frase que sólo conseguí entender a mis 28: Don´t worry Cami, you just want what you don´t have. 

Y así estamos, diariamente. Idealizamos la vida tal y como idealizamos a las personas, porque todo es cuestión de ego, contexto, sociedad. ¿Y cuando lo tenemos todo? ¿Pierden valor las cosas, como una obra de arte para un vigilante de seguridad o como un vendedor y los productos que tiene en su tienda? Can you remember who you were, before the world told you who you should be?, pregunta Bukowski. Es imposible, porque estamos constantemente sometidos a múltiples estímulos. Desde que salimos del vientre de nuestra madre estamos sometidos a creer que queremos algo en concreto, a creer que pensamos de una manera cuando realmente pensamos de otra. Cada día hay una imagen, un sonido, una acción, una frase que condiciona nuestro pensamiento y, por ende, nuestras emociones. Una pareja se besa: nostalgia. Una terraza perfecta: anhelo. Un plato de comida: hambre. Un vídeo en Instagram de las playas de Mallorca: el recuerdo constante de que no estamos ahí, de que no formamos parte de ese paisaje. Lo peor es que somos capaces de convencernos de que lo necesitamos todo. 

¿Nos preguntamos alguna vez por qué queremos lo que queremos ahora, tan inmediatamente? ¿Seríamos capaces de vivir la vida sin una meta, sin un objetivo, solo disfrutando del presente, del viaje, de lo que tenemos ahora, y dar gracias por ello? Siento a veces que tratamos el hecho de vivir como una especie de carrera, una carrera hacia la comodidad, hacia la solución a todos nuestros problemas, hacia la abundancia, para un mejor control. Consecuentemente le prestamos poca atención al simple proceso de existir un día tras otro. Paso a paso. Le prestamos poca atención a lo que conseguimos crear de nosotros mismos cuando lo comparamos con esas ganancias.

Aún así, reconozco el poder de un buen propósito. Sé que es lo que nos mantiene en pie y lo que nos hace valientes, lo que nos da el empujón para emprender ese solitario camino hacia la madurez, hacia el crecimiento. Pero ¿ese camino que llamamos vida, se trata de felicidad o se trata de joy? ¿Se trata del futuro o se trata del presente? Mis 28 años y mi psicóloga me dicen, al menos por ahora, que se trata…  de aceptación y gratitud. 

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